Marta Palau a cuatro voces  *

 

 

 

La obra de Marta Palau y su labor como promotora cultural, la señalan como una de las artistas que con mayor entusiasmo ha contribuido a expandir el campo creativo del México de hoy.  Desde una etapa temprana de su carrera, esta artista rompió con ortodoxias, capillas, modas, y presiones de mercado. Incluso ha transitado en sentido contrario a las pautas establecidas por su generación, la llamada "generación intermedia", aquella que seguía a quienes protagonizaron la ruptura con el muralismo. Desde los años sesenta, Marta Palau ha sido uno de los puntales del arte mexicano, diferenciado por el carácter orgánico de su lenguaje escultórico, lo mismo que por la forma intuitiva con que se ha acercado a otras culturas y tradiciones. Heredera del informalismo catalán, participante de los Salones Independientes de fines de los sesenta, principal exponente del arte textil, y uno de los emblemas del nuevo ritualismo que extiende sus raíces en la grandes culturas de América latina.

 

El ambiente artístico de la ciudad de México, en que Palau maduró en los tardíos años sesenta, manifestaba dos tendencias. Por una parte, un formalismo, apoyado sobre todo en la abstracción geométrica y el gestualismo. Por la otra, distintas formas de figuración cuyo punto de referencia era el nuevo humanismo, y cuyo vértice fue el "interiorismo" del principio de la década. En ambos casos, aunque hubo obras que rebasaron los límites convencionales entre los géneros, la pintura y el dibujo se concibieron como prácticas autónomas y autosuficientes. Además, y como resultado de la crítica a la llamada Escuela Mexicana, se abandona de manera explícita, a veces sistemáticamente, la reflexión sobre el mito, los orígenes y la identidad. Se asumía que la pertenencia a la cultura occidental volvía innecesaria la consideración concreta de esos asuntos, visto el supuesto "humanismo" de los figurativos y la "universalidad" de los artistas abstractos.

 

En aquellas condiciones, la verdadera "ruptura" estaba en la trasgresión de las disciplinas de producción artística, así como en una reflexión sobre la identidad, los mitos y la condición periférica de as artes en México. La Instalación efímera de Palau en el Salón Independiente de 1970 fue precursora en emplear la interactividad con el público, el cinetismo y la ambientación escultórica. Estuvo entre las obras más radicales del arte experimental de América latina, al proponer que el espectador habitara (y de hecho transformara) la estructura espacial de la obra.

                 

Mientras el arte mexicano se adhería a los postulados formalistas , Palau unía la experimentación formal con una modalidad de búsqueda identitaria, ambas enclavadas en la indagación sobre las nociones de raíz y origen. En forma paralela al interés generado por movimientos contemporáneos  como el Land Art, en los años setenta Palau recorría el territorio mexicano en busca de hojas, semillas, ramas, y fibras diversas, y pronto radicalizó esta vía, al usar el tapiz como un medio para explorar la relación entre naturaleza y cultura. El uso de esta técnica no es casual. Por una parte, el tejido suele emplearse como metáfora de la tradición en su conjunto, sobre todo cuando se trata de atribuirle a ésta un carácter primordialmente femenino. Los entrelazamientos entre las fibras se usan como figuras del lenguaje coloquial para referir a la organización y la coherencia("la red","la trama", "la urdimbre", "el tejido social", "tal y cual cosa entrelazadas", etc.). Palau utiliza esa metáfora organicista para transgredir los límites entre pintura, escultura, grabado, cerámica y arte textil, en su forma tradicional. Esa paradoja le otorgó a sus obras un tono irónico y, al mismo tiempo, extrañamente evocador.

 

 Su poética se amarraba (por decirlo así) en el desquiciamiento de una metáfora convencional para aludir a la complejidad, la perseverancia, la lealtad y el tiempo. A partir de un dominio técnico consolidado, Palau comprendió que la experimentación no debía respetar ya los límites entre los géneros académicos de las artes plásticas, y que la colaboración de las artes podía darse de modo intuitivo sin suponer una integración final bajo la égida de un arquitecto.

 

Fue así como a mediados de los años setenta Palau reinterpretó mediante el tejido la noción de "escultura blanda" para subvertir los principios del arte escultórico. Su instalación precursora La cascada (1978), exhibida en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, hecha a partir de medias femeninas de nailon blanco, se advierte como un verdadero desafío a la tradición arquitectónica de la escultura modernista. Esa construcción lírica se debe apreciar hoy en retrospectiva como afín a la poética de artistas contemporáneos como el brasileño Ernesto Neto.

 

 

Sus tapices de lanas y fibras de mediados de los años setenta atestiguan el surgimiento de una sensibilidad material propiamente latinoamericana que, por medio del oficio manual, entraba en diálogo tanto con la escultura modernista como con las creaciones de las culturas indias de las Américas. En ese aspecto, el potencial expresivo de la pintura rupestre de Baja California, la región que constituye su ámbito afectivo de residencia, le aportó un repertorio inagotable de formas. El trabajo artístico de Palau ha significado una enriquecimiento para la definición del arte mexicano dentro de la vía sugerida por Tamayo: el encuentro de la tradición del otro como proyecto de modernidad.

 

Con sus Fetiches de estambre y sus Guerreros hechos de papel amate de fines de los años setenta, Palau fue de los primeros creadores en revisar las relaciones de la cultura latinoamericana con las tradiciones místicas y el horizonte mitológico indio. Con artistas, como Francisco Toledo, Cecilia Vicuña y Ana Mendieta, Palau es un antecedente directo de las nuevas búsquedas multiculturalistas del arte de los años noventa.

 

El taller desarrollado por la artista mexicana en la ciudad de La Habana, a principios de los ochenta, invitaba a trabajar con materiales naturales del entorno inmediato, e inspiró a varios artistas de la vanguardia cubana, en particular Juan Francisco Elso, quien reafirmó un trabajo de identidad y valores que trascendió el ámbito latinoamericano, trabajo fincado en el uso de materiales naturales y el contacto con la santería cubana.

 

Además de impartir numerosos cursos y obtener premios relevantes como consta en su Amplio historial artístico, Marta Palau es prestigiada promotora cultural. Basta mencionar las diversas ediciones del Salón Michoacano Internacional del Textil en Miniatura, la extraordinaria y necesaria labor en el Centro Cultural Tijuana, donde organizó el Salón Internacional de Estandartes, ya transformado en bienal, el cual fracturó el cierre cultural impuesto a ese sector fronterizo, pues logró la participación de artistas de la totalidad del continente americano y sirvió de plataforma para el despunte de varios artistas de la localidad.

 

 

Cabe destacar, además, su labor como impulsora de un diálogo artístico global en Cinco Continentes y Una Ciudad (1998-2000), ambicioso evento nacido a iniciativa suya, el cual puso en contacto a los artistas y las concepciones curatoriales más destacadas del ámbito mundial con públicos y creadores mexicanos. Su poder de convocatoria, su capacidad organizativa y su comprensión sobre lo que hoy ocurre en el campo de las artes visuales, quedó de manifiesto en este salón que alcanzó tres ediciones, acompañadas de bien documentados libros-catálogo.

 

Finalmente, conviene decir que Palau ha reivindicado abiertamente una sensibilidad femenina localizada en el carácter orgánico de su lenguaje escultórico lo mismo que la forma intuitiva con que se ha acercado a otras culturas y tradiciones. Palau resulta ejemplar respecto de la generación de mujeres mexicanas que afirmó su independencia espiritual y vital frente a los modelos culturales masculinos hegemónicos. Por su generosidad, ha servido como figura puente entre distintas generaciones; asimismo, ha enriquecido el panorama cultural del país, al abrir focos de acción cultural fuera del control central, y servir de enlace para el encuentro con artistas de otras latitudes.

 

Coincidimos en el hecho de tratarse de una creadora con una energía y una sensibilidad notables, que a diario nos sorprende por su capacidad de renovación y por su mirada crítica frente a la condición del arte. Pocas trayectoria artísticas han abierto tantas avenidas nuevas a las imágenes y a los imaginarios mexicanos.

 

 

 

Rita Eder

Renato González Mello

Cuauhtemoc Medina

  Francisco Reyes Palma